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LA ÚLTIMA VANGUARDIA SEVILLA PDF Imprimir E-mail
Personajes

ABC SEVILLA / 8/3/2017

EVA DÍAZ PÉREZ

La ciudad casi olía a muerte mientras las páginas de poesía aguardaban su turno. Corría junio de 1939 cuando salió la revista «Nueva Poesía», el último episodio de la vanguardia sevillana. Una publicación que había heredado el descaro poético y la fiesta salvaje de las míticas «Grecia» y «Mediodía» y cuyas páginas se llenaron de sangre cuando llegó la guerra.

La editorial Renacimiento acaba de rescatar esta joya bibliográfica de la historia literaria que desvela un episodio estremecedor en el que unos jóvenes intentan que la ciudad se llene de versos. «Nueva Poesía», ahora en edición facsímil a cargo del profesor José María Barrera, permite intuir cómo fueron los últimos días felices de Sevilla antes del naufragio de la Guerra Civil.

«Nueva Poesía» surge en las aulas de la Universidad de Sevilla con el impulso de Jorge Guillén que por entonces era profesor de Literatura Española, después de haber sustituido a Pedro Salinas. Guillén marcó la atmósfera de la Sevilla que recibió a los poetas de la Generación del 27. Con buenos amigos como Romero Murube o Juan Sierra y algunos entusiastas alumnos, crea una amena tertulia en su casa, «Villa Guadalupe» en el número 68 de la calle Cardenal Lluch.

Los estudiantes Juan Ruiz Peña, Luis Pérez Infante y Francisco Infantes Florido crean «Nueva Poesía» en octubre de 1935. La revista, que se edita en la calle Gravina, intenta recuperar los años de la vanguardia que representaron los poetas de la generación Mediodía, surgida al calor de la mítica revista del mismo nombre que se publicó en 1926 y que contó con una segunda etapa entre 1933 y 1934.

Los jóvenes estudiantes querían que en Sevilla se volviera a respirar la locura de la poesía, el ambiente de los poetas de Mediodía cuando se reunían en el Café Nacional de la calle Sierpes, en el café Dorée, que era como llamaban al comedor del Suizo Chico, y el Pasaje Oriente donde celebraban las cenas superrealistas, un brillante y castizo remedo de las soireés surrealistas del París de las vanguardias.

Algunos de los poetas de Mediodía se integraron en la nueva aventura poética como Romero Murube, Juan Sierra, Rafael Laffón, Díez- Crespo o Aparicio. El grupo protagonizaría un nuevo episodio de la vanguardia en una Sevilla que, como toda España, estaba radicalizándose. El viento era acerado y olía a acíbar por lo que estaba a punto de ocurrir. Pero los jóvenes de «Nueva Poesía» aún creían que todo era posible.

La revista vivió curiosas guerras con otras publicaciones como «Caballo verde para la poesía», que dirigía Neruda, o con el poeta y amigo de Miguel Hernández, Ramón Sijé, con el que mantuvieron una intensa polémica sólo interrumpida por su muerte.

El sueño de «Nueva Poesía» será breve. Sólo durará hasta las vísperas de la guerra, en mayo de 1936, con un número en el que se homenajeaba a Bécquer por su centenario. Muchos números fueron destruidos o se ocultaron en los arcones de la desmemoria. «Con la llegada del conflicto hubo ocultaciones o 'desapariciones' de entregas que ya estaban listas para su distribución o incluso motivó que, por diversas causas ideológicas, apenas llegaran al gran público o sencillamente no vieran la luz», explica José María Barrera. «Nueva Poesía» era hija de un tiempo que había terminado.

Concluida la guerra se intentó sacar un nuevo número. Ni siquiera estaba ya en Sevilla uno de sus fundadores, Luis Pérez Infante que, implicado en la causa comunista, había marchado al exilio. Era junio de 1939, «año de la victoria», y aparece este número a cargo de Ruiz Peña y de Infantes Florido. Infantes Florido formaría parte de los ambientes literarios de la posguerra y fue el autor de la letra de «La hija de don Juan Alba» que cantaba Miguel de Molina

Antonio Burgos recordaba en un artículo de 1990 que era «poeta desengañado de famas literarias y de modas de la copla». En ese número también colaboraron Eduardo Llosent y Pérez Clotet. Pero era ya otro tiempo y nada quedaba del espíritu de la vanguardia. Juan Sierra se despedía así de los tiempos felices:«Si te dejo, ciudad, me va cubriendo/ la llama de tu carne transportada/ hacia la frialdad de otro paisaje».

 
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