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Cines

DIARIO DE SEVILLA / 30/4/2018

CARLOS COLÓN

La Comisión Provincial de Patrimonio ha informado favorablemente la declaración como Bienes de Interés Cultural del Cervantes, el Lloréns y el Trajano (dejen por favor de llamarle sala X porque antes de ese triste destino último fue cine de reestreno y de arte y ensayo). Atiende así a la petición del Ayuntamiento tardíamente sumado a una larga serie de pocas (entre ellas la mía) pero persistentes reclamaciones. Muy bien hecho. Pero vergonzosamente tarde. Ya sé que más vale tarde... Pero dice mucho sobre el desastre patrimonial sevillano que un teatro de 1873, obra de Juan Talavera de la Vega, un cine neomudéjar de José Espiau con 115 años de antigüedad y una sala de variedades y de cine integrada en un edificio firmado por Aníbal González en 1922 no hayan sido declarados BIC hasta ahora.

Es escandaloso sobre todo en los casos del Cervantes, que cumplió un siglo en 1973, el mismo funesto año en que se derribó el isabelino teatro San Fernando, y dentro de cinco años cumplirá su 150 aniversario, y del Lloréns, que milagrosamente conserva su estructura y las decoraciones de yeserías, artesonados de madera y azulejos que hacen que su interior parezca los edificios de la Adrática o Filella y de la Ciudad de Londres volcados hacia dentro. No es casualidad: Espiau construyó los tres entre 1913 y 1917. Incluso se ha conservado la antigua embocadura del escenario y la concha de la pantalla que quedó oculta cuando se le superpusieron las grandes pantallas de Cinemascope y Todd-Ao 70mm que cubrieron el frente de la sala.

 

Además de salvarlos importa decidir qué será de ellos. Ignoro el estado del Trajano, que no frecuento desde los lejanos tiempos de Repulsión, Jules et Jim o Mamma Roma. Sería lo deseable que el Cervantes siguiera siendo un cine para que nuestros hijos y nietos sepan qué significaba ir al cine antes de las multisalas engullidas por los centros comerciales. Y que el Lloréns albergara proyecciones -sería una perfecta sede de la Filmoteca Española, como el histórico Doré de Madrid-, conciertos y otras actividades culturales. Así lo gestionó don Vicente Lloréns (¿cuándo le dedicarán una placa en la calle Sierpes?) alternando el cine -allí se presentó el sonoro en enero de 1930- con veladas de la Sociedad Sevillana de Conciertos, actuaciones de la Orquesta Bética de Cámara de Manuel de Falla y Ernesto Halffter o conferencias de Unamuno y Ortega y Gassset. Ojalá.

 
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