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Jue

10

Nov

2011

VANDALISMO Y ABANDONO EN LOS JARDINES DE MURILLO PDF Imprimir E-mail
Encarnación

 

Vecinos del Paseo de Catalina de Ribera, con el que se confunde en el habla sevillana y en los rótulos o los libros destinados al turismo, los Jardines de Murillo presentan un grado de abandono y de destrucción que no tienen nada que ver con la declaración de Bien de Interés Cultural con la categoría de jardín histórico que se recoge en el decreto 103/2001 del 12 de marzo de 2002. Tras una restauración acometida un año antes, los jardines empezaron a caer en el abandono y en las garras del vandalismo hasta llegar al lamentable aspecto que presentan. ¿Por qué no se recuperan aquellos guardas con sombrero de ala ancha, propicios para la foto con los turistas, que evitarían los costosos gastos de las restauraciones que al poco tiempo ya no sirven para nada?

De las tres fuentes que marcan el eje de la retícula más próxima al Alcázar sólo sobrevive una. La fuente mayor, que ocupaba el lugar central, fue destruida y se tuvo que retirar. La más cercana a la Plaza Alfaro no va más allá de un vástago mohoso que sobresale de un suelo embarrado y lleno de suciedad, rodeado de azulejos rotos. A su alrededor, unos bancos maltratados entre los que destaca un respaldo sin azulejos, con los ladrillos y la mezcla al aire libre: ¿se tratará de una instalación vanguardista y no nos hemos dado cuenta?

De los capiteles que se exponen en esa glorieta para darle un aire arqueológico al recinto falta uno. A cambio, un suelo lleno de colillas, de chapas o platillos de cerveza, de latas retorcidas y cristales rotos, de paquetes de tabaco que se complementan con hojas secas que nadie retira desde hace tiempo. Los parterres están sucios y sin igualar, llenos de hojarasca. Y los espacios destinados a las plantas no van más allá de la maraña donde se mezclan los arbustos descuidados con la maleza. Árboles sin poder completan un escenario que podría ser uno de los más bellos y personales de la ciudad por el que no pasan los turistas: menos mal...

Al otro lado de la verja de la vergüenza que rompe la estructura de Talavera, la glorieta de García Ramos es la apoteosis de la destrucción y de la desidia. El pintor de cuya muerte se cumplirán cien años en 2012 recibió el homenaje de sus discípulos a través de esta exquisita glorieta donde se palpa «el historicismo propio de la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando florecían las placitas adornadas con elementos cerámicos para crear una estética sevillana», como afirma Manuel Jesús Roldán. Esos pupilos le dedicaron esta glorieta donde puede leerse un texto propio de la época, con ese estilo barroquizante que tanto sigue gustando en ciertos ambientes hispalenses: «A la grata memoria del insigne pintor Don José García y Ramos, por quien el espíritu de la Sevilla de su tiempo alentará siempre sus cuadros en que sus pinceles aprisionaron chispas del sol de la ciudad de sus amores. Sus discípulos para gloria del inmortal artista levantaron este monumento».

Las chispas del sol alumbran los caliches que se acumulan en el suelo, las pintadas que afean los muretes, los desconchones en los ocho retablos de azulejos donde sus discípulos recrearon algunas de sus obras, como esa delicia que lleva por título El rosario de la aurora. De los seis jarrones de cerámica que rematan los destrozados bancos de fábrica sólo queda la base de uno. Y la fuente es un muñón sucio y seco. Esa glorieta es el lugar idílico de la poeta María Sanz, autora del libro Jardines de Murillo, que ya no encuentra la lírica en esos lugares destinados a la belleza: «La situación ha llegado a un grado de destrucción que salta a la vista. Nos repele pasar por allí, y cuando lo hacemos, miramos a otro lado. Ya ni siquiera nos sorprende. Nos refugiamos en el recuerdo de la infancia, en los libros o en la pintura, porque no podemos conservar esa visión tan destructiva. Ya no paso por allí porque sé que voy a sufrir».

Envueltas en esa bruma que nos traen los días hondos de noviembre, las especies que componen su vegetación esperan la mano de nieve que las saque del anonimato con unos rótulos cerámicos que conformarían un poema escrito a ras de suelo: la madreselva de Bécquer y el cernudiano magnolio, la dama de noche y el árbol del amor, el naranjo amargo y el jazmín azul… Pero eso sería demasiado pedir en esta ciudad que convierte la belleza de estas glorietas en los jardines sin aurora donde habitan el vandalismo y el olvido.

Hijos de Sevilla

 
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